Una reflexión sobre el compromiso judicial, la dignidad humana y la responsabilidad de impartir justicia con enfoque de derechos humanos.

Hay decisiones en la vida que no se eligen solo con la razón, sino con la convicción profunda de servir.

Hace más de treinta años inicié mi camino en la administración de justicia desde el primer escalón de la carrera judicial. Con el paso del tiempo comprendí que impartir justicia no es únicamente aplicar la ley: es asumir una responsabilidad que impacta directamente en la vida de las personas.

Cada expediente tiene un rostro.
Cada audiencia tiene una historia.
Cada resolución implica consecuencias reales.

La justicia debe ser técnica y rigurosa, pero también humana y comprensible.
Debe sostenerse en la ley, pero mirar el contexto.
Debe ser firme, pero nunca indiferente.

Hoy, desde la Sala de Asuntos Indígenas, reafirmo algo que ha guiado toda mi trayectoria: la dignidad humana debe estar en el centro de cada decisión jurisdiccional. La justicia intercultural no es un discurso; es el reconocimiento efectivo de la identidad, la historia y los derechos de nuestros pueblos originarios.

El mayor reto del Poder Judicial es fortalecer la confianza ciudadana.
Esa confianza se construye con independencia, transparencia y lenguaje claro.
Se construye cuando la justicia se explica.
Se construye cuando la justicia escucha.

Creo en una justicia abierta, cercana e incluyente.
Creo en una justicia que protege a niñas, niños, mujeres y personas en situación de vulnerabilidad.
Creo en una justicia que actúa con responsabilidad institucional y sensibilidad social.

Para mí, impartir justicia no es solo una función pública.
Es una vocación.

Y esa vocación tiene nombre:
Pasión por la Justicia.


Erika Icela Castillo

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